No dirás falso testimonio, ni mentirás. El 8º mandamiento lleva siglos indicándonos que debemos decir la verdad, pero el cambio de milenio nos deja una realidad ciertamente diferente.

La aparición de las fake news en los últimos años y el uso lingüístico y práctico de la posverdad arrojan un marco social alejado de la sinceridad.

El Contexto

A principios de la década de los 90 aparecía un nuevo término, en inglés “post-truth”. El dramaturgo serbio-estadounidense Steve Tesich, anticipaba en un artículo publicado en la revista The Nation el significado de esta palabra: “Lamento que nosotros, como pueblo libre, hayamos decidido libremente vivir en un mundo en donde reina la posverdad“.

Más tarde, el filósofo británico A.C. Grayling dijo a la BBC en una entrevista, que el fenómeno de la posverdad es: “mi opinión vale más que los hechos. Es sobre cómo me siento respecto de algo”, y añade, “es terriblemente narcisista. Y ha sido empoderado por el hecho de que todos pueden publicar su opinión en redes sociales”

Para el Diccionario Oxford fue la palabra del año en 2016 y en España, el pasado diciembre, el término fue incluido en el Diccionario de la Real Academia Española. Darío Villanueva, director de la RAE, explica que la posverdad “hace alusión a que las aseveraciones dejan de basarse en hechos objetivo, para apelar a las emociones, creencias o deseos del público”.

Factores que afectan

Este fenómeno crece en popularidad con la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos y también de la campaña por el Brexit.

De hecho, el propio Donald Trump ha convertido el lema “la verdad no existe” en un mantra de su presidencia. Algo que llama la atención y coincide, paradójicamente, con el tiempo en el que más transparencia se exige a las empresas, a las entidades, a las instituciones.

Una serie de factores afectan a la implantación del término posverdad y a la realidad que describe:

  1. La cultura online. Cualquiera puede a día de hoy publicar información en alguna web, citando o contando versiones no verídicas, que harán al lector incapaz de distinguir entre la realidad y la ficción. Los usuarios se han dado cuenta de que no necesitan verificar los hechos, de que simplemente se puede mentir.
  2. Las redes sociales. Este medio ayuda a que un mensaje llegue a mayor número de personas y ha conseguido que varios reclamos o interacciones en las redes sociales sobre una noticia, tengan el mismo peso que los libros que hablan sobre el tema o las investigaciones realizadas sobre esa cuestión.
  3. La velocidad. No practicamos el slowlife, vivimos deprisa, con transportes rápidos, comunicaciones ágiles, en un ritmo trepidante entre nuestra vida laboral y personal. Este hecho nos deja sin apenas tiempo para la contrastación de fuentes, para la verificación de datos…
  4. La audiencia. Ante esta desinformación parece que los lectores, los oyentes, los espectadores han/hemos perdido la capacidad de crítica y que nos facilitamos la vida leyendo noticias que realmente queremos creer, independientemente de que sean ciertas o no.

La empresa

Pero, ¿cómo asume la empresa esta circunstancia?

Hay que tener presente que la empresa emite mensajes continuamente: entre personas, a través de su imagen de marca, con el tipo de acuerdos que realiza… Por eso resulta necesario entender cómo la mentira/verdad puede atentar contra la reputación y la credibilidad de una firma.

Tendremos que esperar a ver la evolución de este término, por ello más que conclusiones se nos plantean preguntas:

  • ¿Le podemos decir a un cliente la verdad y sólo la verdad de lo que nos parecen algunas de sus ideas?
  • ¿Podemos mostrarle a un colaborador toda la verdad acerca de nuestros intereses para esa relación?
  • ¿Podemos gestionar las relaciones entre los equipos de trabajo diciendo únicamente la verdad?
  • ¿Es posible conseguir el mejor precio de un proveedor hablándole desde la sinceridad?
  • ¿Tu audiencia seguiría manteniendo su percepción sobre tu compañía si además de los éxitos conociera también tus fracasos?

Lo que tenemos claro es que el conocimiento no es igual al reconocimiento y que la verdad ha sido el camino perseguido por todos aquellos que creen en la ética empresarial.

Pero reconozcámoslo, ¿cuántas veces mentimos por evitar consecuencias nefastas?

Sabiendo que los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública que los que apelan a la emoción y a las creencias personales… ¿serías tú quién le contase la verdad a la señora del anuncio navideño de la Lotería?

No es la primera vez que algún compañero me dice que la verdad está sobrevalorada y de ahí las preguntas:

¿La verdad es necesaria siempre?, ¿debemos decir la verdad, incluso si no aporta nada?

¿Hacemos acopio de la posverdad en nuestra vida diaria, distorsionando la realidad para manipular creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en las actitudes sociales?

Sea como fuere, seguimos escuchando el eco de Joseph Goebbels  “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad” y a la vez otras voces aludiendo al refranero popular “se coge antes a un mentiroso que a un cojo”.

En definitiva, hagamos lo correcto.