Todavía está a tiempo de visitar una de las grandes y más interesantes exposiciones de la temporada. Tres pintores, tres artistas, tres amigos, tres estilos muy diferentes. La Fundación Mapfre reúne en su sala de Recoletos (Madrid)  a  Derain (1880 – 1954), Balthus (1908 – 2001) y Giacometti (1901 – 1966) Compartieron modelos, galeristas, amistad, y algunos puntos de vista.

Martín Molina
Derain, Balthus (Balthasar Klossovski) y Giacometti, en un almuerzo

Tres grandes nombres

Son sin duda tres  grandes  del arte contemporáneo que se cruzan en el París  de los años  treinta  del siglo pasado. Derain, el mayor de ellos, ejerce de padre  espiritual. Venía de los fauvistas, pero en los años en que se centra la exposición ya había desarrollado un camino propio, con grandes influencias de la pintura antigua. Giacometti reconocerá que el cuadro de Derain que abre la exposición, un pequeño bodegón de tres peras  y unos vasos de cristal apenas esbozados en líneas blancas sobre un fondo oscuro, cambió su forma de entender la pintura.

El hombre que se tambalea. Giacometti

En esas pinceladas elementales con las que Derain traza sus vasos está el germen de las líneas obsesivas con las que Giacometti dibujará esos retratos enigmáticos de personas disueltas, angustiadas, convertidas en apenas garabatos. O las esculturas de hombres de alambre, materia mínima, estilizada hasta desafiar la gravedad, seres quemados por la soledad.

Bodegón. Derain

La muestra viene desde el Musée d’Art Moderne de la Ville de París. Son 240 obras. Hay pinturas, dibujos, esculturas, bocetos, vestuario y decoración para  el teatro, el mueble en el que Derain guardaba sus pinturas, un ajedrez diseñado por Giacometti, y algunas fotos, como las imágenes tomadas por Win Wenders en el  estudio de  Balthus en su casa de Suiza.

Lo más singular de la exposición es la posibilidad de tocar y analizar la trama de una fértil amistad entre tres artistas tan diversos, y la huella de influencias mutuas  que se puede rastrear en sus obras. La muestra está organizada en capítulos que mezclan pinturas de los tres: paisajes, retratos, bodegones. Y copias donde se alcanza a ver la profunda presencia de los maestros antiguos (Piero della Francesca o Giotto) en la obra de pintores del siglo XX. Giacometti llega a decir, y está escrito en las paredes de la Fundación, que siente todo el arte de la historia como un bosque de obras contemporáneas, en un inmenso presente. Es un diálogo, una conversación que trasciende los límites de la experiencia de estos tres gigantes del arte.

Adolescentes indolentes

La muestra reúne algunos paisajes de Balthus, y algunas de sus pinturas de adolescentes en posturas indolentes, ambiguas. No son quizá las obras que le han otorgado su aura de pintor transgresor, las que han provocado el ruido del escándalo. Mejor, porque de esta forma usted se puede fijar en su pincelada que aprecia la rugosidad de la materia, en sus colores pastel, en la geometría de sus formas, en sus tonos lavados, en su mirada antigua y a la vez moderna.

Martín Molinaq
Los hermanos Hubert y Thérèse Blanchard

En la muestra se apuntan también las influencias del teatro y de la literatura, las amistades de Giacometti y Samuel Beckett, para quien construyó el árbol esquelético de su obra “Esperando a Godot”, o las excursiones de Balthus por los escenarios de París.

Así que tiene usted al menos tres razones para ver esta muestra: la obra de tres grandes nombres de la pintura, la historia de una amistad desconocida, y la oportunidad de contemplar cómo de ese nudo de afectos surgen y se alimentan estilos tan diversos.

En las obras de Derain, Balthus y Giacometti predomina la quietud. El tiempo parece estar detenido. “Hay pocas esperanzas de que exista una época de pintura moderna (…). El impresionismo ha disminuido la pintura, matando el color verdadero con el color visible, y el cubismo ha destruido el dibujo cortando de raíz la esperanza en una línea desconocida”, como escribe Derain.

Arlequines. Derain

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