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La España invisible

Manolo Laguillo es un fotógrafo de largo recorrido. Combina su trabajo de artista “objetivo” con su actividad como maestro. Sus libros sobre el gran formato o la fotometría son clásicos que están en el canon que debe incluir la biblioteca de todo fotógrafo. Ahora nos presenta a través del Museo de la Universidad de Navarra un tomo titulado Las provincias 2014-2015 

La obra está compuesta por imágenes de Cáceres, Ciudad Real, Jaén, Palencia, Segovia, Soria, Teruel y Zamora. El fotógrafo por tanto no ha elegido la España moderna sino esa otra parte que ha quedado en los márgenes del proceso de la modernidad, ajena a los grandes protagonismos de la historia. Pero en sus fotos tampoco se fija en el centro de las ciudades, sino en esos lugares de “frontera” donde el campo termina de serlo para ser ciudad, o en esos puntos donde se perciben los estratos del tiempo: un trozo de muralla de Ciudad Real, vecina de unas humildes casas de una sola planta. En las fotografías, cargadas de detalles, apenas hay figuras humanas. El autor dice que el hombre en la imagen tiene tanta fuerza que siempre distrae, porque funciona como un gran punto de atracción para la mirada.

Del amor a primera vista al afecto por el trato

Laguillo ha organizado el libro en 64 dípticos, que son otras tantas reflexiones sobre la forma de mirar, sobre la forma de elegir el lugar de la fotografía y el objeto de la imagen. En un fotógrafo que se declara “objetivo” nos interesa especialmente cómo llega a elegir el punto de vista sobre la ciudad. El lo explica en el estudio con el que introduce su obra: “…es gracias al cultivo de la capacidad de entusiasmarme, del arrebato, de la pasión, del deseo. En cualquier caso, hay dos maneras de que suceda el encuentro. Éste puede ocurrir siguiendo el esquema del amor a primera vista, pero también puede que suceda poco a poco, lentamente, desde la insistencia ejercida a partir de la convicción de que el trato continuado puede que acabe desembocando en afecto”.

A la obra de Laguillo le pasa un poco lo mismo. Retrata lugares pobres, paisajes sencillos, que en un primer golpe de vista no deslumbran. Sus fotos son la “antipostal”. Pero una mirada atenta, una mirada lenta, descubre el alma de los lugares, lugares a veces “desalmados”, pero de una extraña riqueza, abigarrada, de una España que muestra sin complejos algunas de sus heridas y muchos de sus fracasos. Una España vieja, pobre y  auténtica, objetiva, sin los maquillajes de la modernidad.

 

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